El volumen de créditos en dólares relativo a depósitos llegó a niveles no vistos desde hace años, consolidando una tendencia que refleja cambios profundos en la estructura de financiamiento de la economía. Este movimiento responde a la decisión del Gobierno de posicionar al dólar como eje central de la política crediticia, ante la insuficiencia de préstamos en pesos.
La problemática está clara: el acceso a crédito en moneda nacional se ha vuelto escaso. Para sortear este obstáculo, las autoridades decidieron liberar restricciones regulatorias que contenían la expansión de créditos dolarizados, alentando que el sistema financiero aumente su oferta en divisas.
Por el lado favorable, esta estrategia presenta oportunidades evidentes. Empresas y negocios que necesitan capital para financiar operaciones o inversiones encuentran en el crédito dolarizado una alternativa viable, lo que podría traducirse en reactivación de sectores. Para quienes generan ingresos en dólares, la medida es especialmente beneficiosa.
En contrapartida, los inconvenientes son dignos de consideración. El principal riesgo recae sobre deudores que se endeudan en dólares pero cuyas ganancias están en pesos. Fluctuaciones adversas del tipo de cambio ampliarían el peso relativo de sus obligaciones. Una depreciación del peso, por caso, haría la deuda mucho más gravosa. También está el riesgo sistémico: una economía altamente dolarizada es más vulnerable a crisis externas.
La incógnita central es si la tendencia ascendente del ratio continuará. Varios elementos jugarán un rol: el comportamiento futuro del mercado cambiario, la disponibilidad de dólares en el sector financiero, y las próximas decisiones de política monetaria. El tiempo dirá si esta apuesta por la dolarización del crédito resulta sostenible o genera desequilibrios.
Imagen: Kevin Dunlap / Unsplash – Con informacion de Ámbito





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