Los jardineros son unánimes en una observación: las hojas amarillas del ficus comunican cambios que ocurren bajo tierra. En numerosas ocasiones, ese cambio indica que las raíces han colmado el espacio de la maceta y la planta necesita crecer en un recipiente más grande.
Este cambio de coloración es un síntoma inicial que merece atención cuidadosa. Pero los expertos advierten que no todos los casos de amarillamiento responden a la misma causa, por lo que es indispensable investigar antes de proceder al trasplante.
Para verificar si la maceta se ha quedado insuficiente, el primer movimiento debe ser inspeccionar las raíces directamente. Si están muy apretadas, si se cuelan por los drenajes inferiores o si el sustrato drena agua extremadamente rápido, el mensaje es evidente: ha llegado el momento de aumentar el tamaño. Estos indicios no mienten.
Pero existen otras explicaciones posibles. El riego excesivo genera amarillamiento con frecuencia, y nada tiene que ver con el confinamiento radicular. Raíces constantemente mojadas pueden producir esta coloración mientras están perfectamente alojadas en la maceta actual. Por eso revisar la pauta de riego y asegurar un drenaje adecuado es obligatorio.
La disponibilidad de luz influye significativamente en la salud visual de la planta. Un ficus en un lugar oscuro amarilleará como expresión de insuficiencia lumínica, no por falta de espacio para sus raíces.
Una vez confirmado que el trasplante es verdaderamente necesario, los jardineros sugieren actuar con prudencia. El recipiente nuevo no debe ser significativamente más grande, porque un exceso de sustrato retiene humedad que resulta contraproducente. La maceta debe ser apenas más amplia que la anterior, permitiendo el crecimiento sin anegar las raíces en tierra mojada.
En conclusión, aunque el amarillamiento sea un aviso legítimo, requiere una investigación metodológica para actuar correctamente.
Imagen: Mikhail Nilov / Pexels – Con informacion de Clarín






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